sábado, 22 de septiembre de 2012

7.30PM




¡Corre! ¡Corre! ¡Corre! Cada vez más fuerte, cada vez más alto. ¡¡¡Corre!!! ¡¡¡Corre!!! ¡¡¡Corre!!! Como combustible implosionando en sus piernas. ¡¡¡Corre!!! Su respiración, sus latidos, su pulso, cada constante vital explotaba en sus sienes dolorosamente, haciéndose valer, recordándole el precio. ¡Corre! ¡Corre! Le rasgaba los tímpanos. El terror le erizaba los pelos del cuello y convertía el sudor en hielo a 300ºC. El aire repelía las gotas de su frente y las refugiaba entre el cabello, completamente empapado; tanto como su camiseta, que debido al peso del agua y la fuerza del viento marcaba su torso en rígida tensión. El día se iba apagando y cada vez era más difícil encontrar el camino sorteando árboles, ramas y rocas. La luz de las farolas del sendero que bajaba a la ciudad no tenían fuerza suficiente para abrirse paso entre la maleza. Cada vez se tropezaba más, cada vez era más difícil avanzar a la misma velocidad, pero tomar la senda tenía más inconvenientes que ventajas. ¡¡¡Corre!!! Había perdido la noción del tiempo. Desde luego llevaba bastante tiempo corriendo, o quizás no, quizás sólo unos pocos minutos. No podía pensar con claridad. Sólo podía correr. La respiración seca le abrasaba la garganta. La lengua deshidratada insistía en intentar tragar saliva que se había evaporado mucho antes de que se hubiera llegado a producir. En algún momento tendría que parar. ¡¡¡Corre!!!

Apenas podía ver. Quizá debía parar e intentar esconderse. Quizá ya estaba a salvo. Quizá podía mirar un segundo atrás, aunque seguramente se tropezaría y caería. Pero tenía que intentarlo. En algún momento iba a tener que parar. ¿Cuánto más podrían sus pies aguantar a ese ritmo? En ese momentos se dio cuenta de que ni siquiera los sentía. No sentía nada en el resto de su cuerpo. Como si fuera un busto viviente, todo lo que sentía se concentraba en tan sólo 50 de sus 182 centímetros. Su pecho y sienes convulsionando, el corazón asomando a través su garganta en brasas, su nunca aterrorizada y sus oídos rotos por el incesante, agudo y estridente grito: ¡¡¡Corre!!!


- Voy a parar. 
- ¡Corre!
- Voy a parar.
- ¡Corre!
- ¡Voy a mirar¡ ¡Ahora! ¡Mierda! – no podía parar. Como si una fuerza intangible le empujara por la espalda y arrastraba desde las tripas. Como si un gran imán le absorbiera desde allá, al fondo.

Quería parar. De verdad quería parar.

- ¡Voy a parar! – gritó esta vez con todas sus fibras en un sonido seco y roto, apenas audible en el exterior, absolutamente tajante en su interior - ¡Ahora! – paró.

Miró hacia atrás.
Silencio. Nada se movía.
El pulso le latía brutalmente en la garganta. Giró 360 grados sorbe sí mismo. Nada. No veía nada. No oía nada. Las gotas de su frente obedeciendo ahora a la fuerza de la gravedad terminaban su recorrido en los ojos. Se aclaraba la vista mientras seguía mirando alrededor. Seguía sin ver ni escuchar nada. Estaba agotado. Confundido. Los oídos le retumbaban, apenas podía tragar, le escocían los ojos por el sudor. Le ardía la frente. No veía a nadie. No oía a nadie. Un gota se deslizaba por encima de la nariz. Pequeños estallidos interiores le hinchaban y vaciaban el pecho frenéticamente. Le quemaba exageradamente la frente. Instintivamente echó la mano para apaciguar el dolor. Lanzó un quejido, quemaba. Se miró la mano. Tenía una marca circular; una pequeña rojez, y sangre; una pequeña quemadura y sangre; sangre oscura y caliente, sangre quemada. Entornó la mirada hacia arriba. Un fino y serpenteante hilo de humo se elevaba lentamente, bailando, desde el centro de su frente. Entonces volvió a sentir sus piernas y todo el peso del cuerpo sobre ellas, ahora sin fuerzas. Flaqueando, temblorosas, acabaron quebrándose bajo la presión de la carga, y se fue desvaneciendo hasta quedar abatido, inerte, boca arriba, sobre el suelo de tierra oscura y húmeda.
Ya era completamente de noche. Apenas podía ver el cielo entre los árboles. La imagen se hacía cada vez más y más borrosa, hasta que finalmente dejó de ver.

- No tenía que haber parado - exhaló.



domingo, 2 de septiembre de 2012

Tonight we are young





Sabían que no podrían aguantarse la mirada mucho más tiempo.
Se habían mentido demasiadas veces, muchas más de las veces que se habían acostado. 
Y aún así, todavía, no podían evitar mirarse a los ojos e ir acercándose, lentamente, de forma inconsciente, hasta respirarse.
Exactamente igual que la primera vez en aquel oscuro pasillo.
Ella se repasaba los labios adivinando el recorrido a través de la poca luz y la telaraña que dibujaba el espejo quebrado, en el que se cruzaron la mirada.
Apenas cinco minutos hicieron falta para que supieran que no podrían parar de besarse.

Éste no era ni el mismo pasillo, ni el mismo bar.
No, no era aquella madrugada que les arrastró hacía tres años.
Pero todavía quemaba. Con la misma intensidad.
Las mentiras no eran tan grandes, ni tan poderosas como el rojo de sus labios ni el calor de sus manos.
Y esta vez, sin querer remediarlo, se vengaron del dolor arrancándose la ropa e intentando arder tan fuerte como para convertir su mundo en cenizas.
Porque los dos sabían que aquella sería la última vez.